Cuando Björk tomó el libro en sus manos, sucitado como una flor de la tierra, comenzó a vivir lo que el libro escribía en sus páginas inmaculadas. No pensó nunca que de un comienzo tan fascinante y misterioso, habría una conclusión trágica.
Y es que el peligro de escribir una autobiografía, si peligro se puede llamar, no es evidente. El egocentrismo humano nos provoca y nos incentiva a expectar un desenlace positivo cuando se trata de autoreferencia. Y no hay problema, hasta que llega a la luz pública. Deslumbrante y atractiva al comienzo, pero siniestro en sus confines, recubre y atrapa.
¿Quién, entonces, debe escribir una autobiografía? ¿Todos? ¿Nadie?
En el siglo XVI, ninguna de ambas. Sólo una cierta categoría de personas podían acceder al derecho de hablar de sí mismos. Plasmar su historia en la Historia. Y bien, la Historia ciertamente necesita sólo de algunas historias para autoescribirse. Tal vez sólo aquellas son las que verdaderamente deben salir a la hiedra mascisa de las masas. Porque transcriben un aporte a la tan filtradora Historia, y no sólo un entretenimiento mundano.
¿Quién decide? y ¿A quién le toca escribir, exponerse?
Yo. Si tuviera que persuadir que, sí, en realidad puedo aportar algo a la historia, puedo ser un ejemplo, una ayuda, una guía, un camino. ¿Qué diría?
Empezaría por el origen. La etimología de mi nombre, no desde los griegos ni romanos, sino desde mis raíces más íntimas: mi sangre. Trataría de explicar quién fue antes de que fuera yo, y de dónde proviene mi fuente que burbujea antepasados.
Luego, tomaría el pedazo de historia que me tocó: el contexto. Si debo pasar a la Historia, el entorno me dará la llave.
Por último, mis pensamientos. Mis conocimientos. Mi colador.
Y si la Historia, luego, no me recibe, tendré que resignarme. Si, por lo demás, soy sólo un ente que busca lo mismo que todos. La felicidad. Y si la Historia no me filtró, es por que la busqué para mí, para la gente que me rodea, y para la gente que vive en mí. No para la humanidad.
Empezaría por el origen. La etimología de mi nombre, no desde los griegos ni romanos, sino desde mis raíces más íntimas: mi sangre. Trataría de explicar quién fue antes de que fuera yo, y de dónde proviene mi fuente que burbujea antepasados.
Luego, tomaría el pedazo de historia que me tocó: el contexto. Si debo pasar a la Historia, el entorno me dará la llave.

Por último, mis pensamientos. Mis conocimientos. Mi colador.
Y si la Historia, luego, no me recibe, tendré que resignarme. Si, por lo demás, soy sólo un ente que busca lo mismo que todos. La felicidad. Y si la Historia no me filtró, es por que la busqué para mí, para la gente que me rodea, y para la gente que vive en mí. No para la humanidad.