miércoles, 9 de julio de 2008

Con las manos llenas

-Yo voy a robar a Las Condes. Nosotros aquí le robamos a los ricos; a los que tienen, no a los pobres.
-Y si te robaran a tí, ¿qué harías?
-Lo mato a balazos.
-Y, ¿por qué entonces robas, si te pueden matar a balazos también?
Silencio.


-En el nombre del padre, del hijo y del Espíritu Santo, Amén. Niñito Jesús, nacido en Belén, bendice esta mesa y a nosotros también. ¡Amén! ¡A comer!
Se llevaron la comida a la boca, con dificultad, sin educación. Parados, acostados, botando arroz.
T. le pega a G. por debajo de la mesa, vuela el tenedor. Pelea. Otra más.
-¡Ya, Caramba! Sepárense. ¡A comerse la comida!


La cuerda gira, gira, gira. La fila se tambalea sin respeto, los niños quieren saltar, y R. pega codazos que llevan a llantos. Otros más.
Me llevo las manos a la cara. Los dóciles y sumisos niños que educamos en nuestras mentes desde la infancia, se han convertido en escabrosas imágenes de violencia y descontrol. Trato de calmar a uno y el otro se dispersa en los malos modales, mientras el primero se tira al suelo a patalear; el segundo no duda en aprovechar mi distracción y descarga su frustación con golpes al primero. El primero no me habla hasta la hora de comida. Culpa mía termina siendo. Pero en la comida me abraza y me pide que le cuente un cuento. Le doy las buenas noches con un beso.


Los dedos me huelen a cigarrillo, y los pies a frío. Llegó la hora de ir a la casa 1: Casa de los niños más grandes. Entramos.
- Tía, mire: me saqué un siete.
- Tía, ¿ayúdeme con la tarea?
- Tía, ¡mire cómo me doy un mortal pa´atrás!
-¡Tía! Venga a ver la Teleserie.
Opto por ayudar al estudio; después de todo, para eso estamos. Me siento.
-¿Qué tienes que hacer? -le pregunto.
-Mire tía, tengo que copiar la época de la prehistoria.-Me contesta.
Analicé lo que me mostraba con el dedo, en su libro.
-¿Y copiarlo no más?
F. asienta con la cabeza. No me extraña que tenga que copiarlo. En La Pintana sólo copian. Ayer J. me pidió ayuda para hacer una serie de respuestas a un texto. Tiene catorce y sólo sabe copiar. Me quedé con él hasta las seis; de tres a seis, y no le pude sacar nada.
Un arraigo a la responsabilidad por cada niño se forja en mí como una maleza, y como profesora, ayudante y tía le explico como si fuera mi propio hijo. Le sanciono las flojeras, le corrijo las faltas, lo moralizo. Pero J. no quiere. Decíase de él “el camino de este niño va directo a la delincuencia”, o “no le den su confianza…porque les agarra el brazo”. Y esa maleza me obliga a no dejarlo ir, y olvidar las advertencias, y darle mi confianza. Y sobre todo, tratar inútilmente de cambiar su realidad condicionante, pero es imposible.
F. sigue copiando.
-Te voy a hacer una pequeña prueba para ver si entendiste lo que copiaste.-le digo.
-Ah ¡tía! ¿por qué? Ya bueno...
Y se sacó un siete. Miré su cara pequeña, y sus ojos tan adultos. Si F. sabe contestar, ¿por qué sólo copia?




De a poco me acostumbro. Cada día me siento más parte de la semana en la vida de cada uno de los niños con los cuales me involucro, me río cada vez más y les doy cada vez más abrazos; ellos me ven más como autoridad, y me regalan cositas.





Me voy con las manos llenas de peluches, y con lágrimas. Y cuando llegué a mi casa, a cuarenta y cinco minutos de ahí, recordé quién era. Me di cuenta que, entre un olor nuevo, cama nueva, días nuevos y niños nuevos, me había sacado de mí misma y dado todo en una causa que va más allá de la lógica.