Pepa miró el reloj; todavía no era hora de irse. Movía impaciente la pierna derecha; no sabía exactamente el destino. Los días de vacaciones le parecían largos, y la tenaz demora de una novedad hacía su mente divagar. Estaba sentada en su hotel esperando al resto del grupo, con el cual iba a recorrer Santiago de Chile. ¡Qué emoción! A pesar de la corta distancia, nunca pudo apreciar la capital de su país vecino con conciencia. Le habían contado que hasta los seis años visitó frecuentemente la ciudad junto a su familia, y que a los ocho fue de paseo a un museo con fotos antiguas santiaguinas, pero ella no se acordaba. La mayoría de sus compañeras que compartían la sala de clases del colegio en Mar del Plata le decían que era enorme, y que tenían que ir algún día, cuando fueran más grandes, todas juntas. Ese día había llegado.
De pronto, su racconto se vio interrumpido por la vibración repentina de su celular en el bolsillo. La pierna cesó de moverse, y contestó. Era la guía del grupo, Magdaluña. Ya estaban listas para partir.
Pepa agarró rápidamente la mochila que había embalado con cautela el día anterior, y corrió apresurada al día soleado que irrumpía obstinadamente entre las nubes, ya casi disipadas por completo.
- ¡Hola! – les dijo a todas.
Un unísono saludo le respondió. Comenzaron su jornada de recorrer el espectáculo.
Grande, enorme 
Bocinas
Barrios preciosos
Barrios feos
Metro limpio y rápido
Bip (que choro cuando suena!) Gente cooperadora
Eran sus notas en el cuadernito que llevaba consigo a todas partes. Fueron a Quinta Normal; Biblioteca de Santiago, Maturana 100; Barrio Yungai; peluquería francesa; Barrio Brasil, Alameda, Metro, McDonalds.
Al fin, sus notas se convirtieron en un texto concreto cuando, tras una agitada ida en Taxi, llegó devuelta al hotel.
"La gente aquí es muy viva. Los grises bondis* me pasaban volando con sus ruidos ensordecedores, pero era divertido. ¡Qué bárbaros los días que tienen aquí! La gente corriendo de un lado a otro llevando sus pelos coloridos (o, mejor dicho, los pelos llevándolos a ellos) para llegar a distintos lugares, y ¡cómo nos sonreían! Son verdaderamente muy simpáticos. . En Argentina la gente es más individualista, más centrada en sí mismas, pero acá no. Tienen, este, una humildad muy atrayente. Una simpatía que ni te digo! Hay barrios divinos, como ese pequeño pero otros también sucios y gastados... También me di cuenta que la cultura aquí en Chile pasa por dos límites: La gente no invierte mucho tiempo en conocerla, ni invierte mucho en mantenerla. Yo creo, simplemente, porque se menosprecia. Por lo que vi por ahí (en Matucana 100, en la biblioteca), la cultura chilena es un ámbito que no se conoce tanto, que sólo alguna gente indaga, pero que tiene una infinita riqueza. Es como un diamante medio bruto, medio pulido. En Argentina se aprecia más la propia raíz. Y con lo divina que es la raíz en Chile... Pero mañana será otro día, y seguiré escribiendo aquí...."
Pepa ni miró el reloj. Siempre lo hace antes de dormir. Su cara se fundió en la almohada, y su librito cayó al suelo. Había sido un día largo.